viernes, 19 de julio de 2013

LA BIOGRAFÍA DE SANTIAGO RODRIGUEZ



Hay distintas versiones acerca del lugar en que vino al mundo. Hijo de Vicente Rodríguez y
Josefina Masagó. Radicado en
Sabaneta, propietario de grandes
hatos de ganado. Comerciante.
Militar. Coronel de las guerras de
la Independencia, era el Alcalde
Constitucional bajo el régimen
de la anexión. Uno de los grandes precursores de la Revolución
Restauradora. Iniciador, junto a
Lucas de Peña y otros combatientes, del movimiento insurreccional de febrero de 1863. Se pretendía un levantamiento simultáneo en varios puntos de la Lí-
nea y gran parte del Cibao, pero
la muy comentada indiscreción
de Norberto Torres, hizo precipitar la acción y fue ese uno de
los factores determinantes del
fracaso.
Santiago Rodríguez estuvo a la
cabeza de los organizadores de la
Guerra de Restauración, y tuvo
el tino de escoger el momento
histórico adecuado para lanzarse
a la lucha armada cuando las condiciones habían madurado.
A poco más de dos años de
haberse impuesto el orden brutal de la anexión, ya el descontento y la rebeldía habían ganado cuerpo en el ánimo de los más
diversos sectores sociales del país.
Comerciantes, productores agrí-
colas e incluso grandes terratenientes y hateros; la pequeña
burguesía rural y urbana, como
cosecheros de tabaco, artesanos,
dueños de pequeñas industrias


manufactureras, habían visto menguados sus ingresos y era cada vez
más incierta su posibilidad de
progresar. Las nuevas autoridades
anularon la antigua moneda nacional y, en violación a su propia
promesa, se negaron a recibirla
cuando quienes la poseían acudieron a cambiarla por los signos
monetarios que entraron en vigencia. Cuando vino a autorizarse el cambio, fue a una tasa sumamente onerosa, y ya las consecuencias eran irreparables.
Los empleos públicos fueron
otorgados a los españoles y los
dominicanos quedaron marginados casi en su totalidad, yendo a
engrosar las filas de los sin trabajo. El antiguo ejército que daba
cabida a una gran masa de ciudadanos, quedó convertido en
las Reservas; y soldados y oficiales fueron obligados a volver a
su situación original, sin importar el rango que hubiesen ostentado. El zapatero, el sastre y el
fabricante de cerones para empacar tabaco, lo mismo que el
jornalero, el dependiente de comercio, el rico agricultor o el
gran comerciante, con sus antiguas insignias y su antiguo aire
de autoridad, ahora retornaban
a su situación original, sin derecho a vestir siquiera el uniforme
del ejército español y sin paga
puntual de cualquier remuneración que se le hubiese asignado
en el papel.
Sobre la empobrecida población cayeron como castigo cargas y gravámenes impositivos
hasta entonces desconocidos por
completo por los dominicanos. A
estos perjuicios económicos se
agregaban la grosería y la arrogancia de los colonizadores frente a los nacionales. Entró en vigor una legislación severa, propia de la mentalidad semifeudal
de la España monárquica, legislación a la cual no estaban acostumbrados los dominicanos, regidos desde siempre por cánones
del código francés.
Una disposición obligaba a
los campesinos a realizar trabajos públicos varios días a la semana, sin derecho a remuneración y bajo una disciplina de trabajo rayana en la de los tiempos
de la esclavitud; otra los forzaba
a reparar sus viviendas, cuando
en aquellas atrasadas condiciones les resultaba poco menos que
imposible disponer de fondos
necesarios para esas reformas.
Otra medida de las autoridades
obligaba a los campesinos a servir
de mochileros y a transportar de
un distrito a otro los equipos de cualquier contingente militar que
pasara por su lugar.
A la explotación y las arbitrariedades del régimen militar que
imperaba, se sumaron las reaccionarias medidas del alto clero, especialmente las del obispo Bienvenido Monzón, fanática y ultra
conservadora autoridad suprema
de la iglesia. Declaró Monzón
una cruzada de persecución contra la masonería, que entonces
tenía un poder de congregación
de gente influyente y un peso social imposible de menospreciar,
ya que en ella se congregaban
prestantes ciudadanos de las ciudades más importantes del país.
Monzón intentó forzar a los masones a disolver su asociación y
entregar los archivos secretos de
su orden. Prohibió, so pena de
implacables castigos y bajo amenaza de excomunión, la práctica
de cualquier otro culto que no fuera la religión católica. Llevó su
fanatismo al extremo de negarles
los servicios religiosos a los moribundos y los ritos fúnebres a los
difuntos, en caso de que hubiesen
sido masones o pertenecido a cualquier secta religiosa que no fuera
la que este reaccionario obispo
profesaba. Esa política religiosa
de Monzón provocó reacciones
adversas entre la gente sencilla
del pueblo llano, hasta Pedro
Santana la enfrentó indignado y
aún en las filas de la iglesia, encontró su merecida respuesta,
porque desde el seno de la misma salieron los numerosos sacerdotes que se levantaron al lado
de la causa nacional.
Esas causas objetivas, cuyas
repercusiones no deben de haber
escapado al tacto político de Santiago Rodríguez y sus compañeros de lucha, se emparejaron con
las motivaciones subjetivas que
predispusieron al pueblo a la insurrección. Ya la nación dominicana era una entidad mucho más
fuerte que en 1844, cuando fue
proclamada la República. Los
años de lucha contra las invasiones haitianas, la labor de intelectuales patriotas y liberales y la
experiencia misma alcanzada por
la gente del pueblo, habían contribuido a fortalecer el sentimiento de la dominicanidad.
Los dominicanos se sabían
vinculados entre sí por sentimientos y tradiciones, costumbres y rasgos sicológicos, elementos culturales y atributos comunes, cultivados bajo los mismos
símbolos nacionales y también en
un territorio común, que habían
sabido defender con las armas en
las manos. Por eso, a diferencia

 de la lucha por la Independencia, cuando los dirigentes y caudillos tenían que arrastrar prácticamente al pueblo a la lucha
nacional, en la Restauración las
masas jugaron un papel mucho
más activo que en cualquier jornada histórica precedente, precisamente porque el sentimiento
nacional que las impulsaba era
mucho más fuerte y había crecido en ellas la conciencia de que
la anexión conspiraba mortalmente contra todos los valores de
la identidad dominicana.
En esas circunstancias, Rodrí-
guez se puso al frente de los preparativos insurreccionales. Encabezó la conspiración que condujo al levantamiento de febrero y
aún después del fracaso de ese
ensayo, se mantuvo en actitud de
rebeldía. Se negó a aceptar las
garantías condicionadas que ofrecieron los españoles a los implicados en ese alzamiento, se fue a
territorio haitiano, convertido en
base de actividades de los restauradores, y junto a Pimentel, Monción y José Cabrera encabezó el
reinicio de la acción armada en
gran escala a partir del Grito de
Capotillo, el 16 de agosto de
1863.
Dirigió valientemente las
operaciones iniciales que culminaron con la derrota de las tropas
capitaneadas por Buceta y por
Hungría y con su espada contribuyó a la limpieza en tiempo sorprendentemente corto, de toda la Lí-
nea Noroeste de tropas españolas.
Como si hubiese sido esa su principal y exclusiva aspiración, a poco
andar, Rodríguez se recogió en su
casa de Sabaneta y el 26 de agosto,
cuando el sitio de Santiago asfixiaba como un cinturón de hierro ardiente a los españoles, una comisión de personalidades prestigiosas
formada por Felipe Limardo,
Nicasio Tavárez, Doroteo Antonio
Tapia, Alejandro Bueno, entre
otros, visitó a Rodríguez para solicitarle que aceptara la presidencia
del gobierno nacional que se estaba organizando. Rodríguez declinó
la solicitud.
El 16 de septiembre volvió a
dar señales de actividad, cuando
viajó al Sur con José Cabrera en
misión del gobierno, con vista a
promover la idea de la revolución
en esa importante región. Al
chocar con expresiones de desorientación y desaliento de alguna gente, creyó prudente regresar
a Santiago y rendir cuenta al gobierno. Aceptó el cargo de Comandante de Armas de Sabaneta,
y el 17 de octubre de 1863 se le
confirmó el grado de general de brigada. En una ocasión sustituyó interinamente a Pimentel al
mando de las tropas que éste comandaba en la Línea.
Muy lamentablemente para la
honra y el buen nombre de este
destacado personaje, debe
consignarse el hecho de que después de la guerra nacional y la
reconquista de la soberanía, el
general Rodríguez se puso al lado
de la causa antinacional de Báez.
En los trágicos días de la dictadura de los Seis Años, respaldó las
gestiones para anexar la República a los Estados Unidos. En esa
actitud, el general Rodríguez llegó a pelear contra sus viejos
compañeros de armas de la Guerra de Restauración. Murió en
1879 a los 71 años. A él se le
atribuye la fundación del pueblo
de Sabaneta, en 1844, con pobladores de Dajabón, que según
algunos historiadores, habían
huido después de que tropas haitianas derrotadas en la batalla
del 30 de Marzo en Santiago, incendiaran esa villa fronteriza.